lunes, 23 de mayo de 2016

CARTAS A ROMA 6.- MALDITO ROMANO


Maldito romano:



Si mi furia te llega, espero que quiebre tu armadura, que golpee tu casco hasta hacerlo arena, que inunde tus pulmones hasta dejarte sin aire, que estruje tu  corazón hasta que quepa en mi puño, que tu sangre se detenga y ensordezca tu latido.
¿Así te sientes antes de la batalla?
¿Puedes oler tu propio miedo a convertirte en un animal?

Maldigo tu raciocinio.
Tu falta de sentimientos no puede quedar impune.
No debe.
Que la frialdad de tus palabras hiele tu cuerpo romano.
Que te convierta en estatua.
Que sepas lo que es tragarte un sollozo.
Gritar a nadie tu desesperación.
Que la soledad pinte tus canas y cuando envejezcas, sino te matan antes mis fieros deseos, aúlles de dolor y nadie acuda a ayudarte
Que te persigan las almas de tus muertos.
Que los espíritus de los ausentes no te dejen oír la vida



Si aún me estás leyendo, te diré que no he terminado contigo
Que hoy soy una mujer libre.
Ya no soy tu esclava entregada como regalo a tu espartana.
Ella me liberó.
Y tu carta, las tres palabras que contenían desataron toda la cólera que he ido guardando en éstas veinte primaveras que cargo.
No pueden librarmerme de ese peso.
Ni del que sostendré.
Pero soy una mujer fuerte.
Una tracia. 
Mi pueblo ha luchado y sobrevivido a tu raza.
A tus soldados,. tus legiones, tus Dioses y tus asaltos
Gloria, honor, causa lealtad...
No te calentarán en los inviernos, no te darán alivio ni amor
Más, ¿qué te importa el amor?

Ayer hizo un año de tu partida.
No lo comentamos.
De hecho todos guardamos silencio éste día con la esperanza secreta de que aparecerías.
Le prometiste.
-Volveré antes de un año.
Pero ¿que es una promesa echa a una mujer cuando hiciste otra a tu patria y tus hombres?.
Estás muy ocupado conquistando pueblos, agrandando vuestro imperio, manteniendo el orden de los insurrectos.

Somos sólo un pueblo de recogidos de una sacerdotisa a los que tu cesar nos deja vivir en paz, pagando nuestros impuestos y ofreciendo sumisión y obediencia.
Viejos guerreros, putas rechazadas, niños abandonados, mujeres sin hogar, viudas sin nobleza y hombres de paz.
Todos la temen. Todos la tienen miedo. 
Hasta tu amo, pues eres esclavo de él y tus obligaciones.
Sólo tú, no le tienes miedo.
No la respetas, y aunque ella se empeña en creer lo contrario, ni la amas ni la mereces.
No mereces ni a esta prostituta ilustrada a la que salvaste y trajiste junto a la espartana. No mereces romano mis letras ni mis maldiciones.



Ayer no llegaste.
En tu lugar mandaste e uno de tus hombres más fieles, Litio.
Cuando lo vi ante mi, mi corazón se llenó de dicha.
Te habías acordado, al menos lo recordaste.
Pero entonces tu soldado me entregó tu carta, tan perfecta y lacrada.
Hasta él sabía que su misión no sería bien recibida, tu misiva menos.
Leí con avidez.
-Estoy bien. Escríbeme.

Tres palabras. Un año. Tres palabras.
Esperanza, lágrimas, añoranza, ansias, deseos, sueños...
!Y sólo tres palabras!

¿Estás bien?
Cuanto debería alegrarme.
Más no lo hago.
Sé que la espartana desaprobaría mi carta.

Cogí tu misiva con ganas de estrujarla hasta hacerla desparecer, pero controlé mi genio.
Como tantas veces.
Orgullo y altivez.

No miré a tu mensajero.
Marchó a la posada, a buscar compañía y olvidar horrores.
Yo busqué a Ylena.
Estaba recogiendo fresas con los niños. 
Le di tu nota sin decirle nada.
Ella la guardó en el pliegue de su vestido y me acarició la cara.
-No dice nada y no vendrá-. Me dijo.
Esta vez no disimuló su tristeza.
No hubo tormentas.
No desató los elementos.
Sólo suspiró y siguió trabajando.

Debió saber que te escribiría, sabría que desataría mi rabia.
Me dejó ir para que soltara mi congoja 
Esta mañana me llamó.
Me dio otra carta.
En ella me entregaba la libertad.
-Si quieres matarlo, puedes hacerlo. Hasta para eso eres libre. Debes elegir. Paz o más sangre. Hagas lo que hagas no detendré.

Lo había pensado. Sin dormir. Pasé la noche con tu soldado.
Tus hombres están hambrientos de carne, de sexo.
Te traicionarán pronto si no les das algo más que comida y honores.
 El Litio puedes confiar. En mí, no.
Me contó cuanto quería saber.
Tus avances, tus silencios, tu alejamiento, tus fiebres en Tarraco.
Maquiné viajar con él. Volver junto a ti y rebanar tu maldito pescuezo romano.

Pero no lo haré.

Me quedaré aquí, esperando junto a Ylena, la sacerdotisa espartana que no deja de amar tu insensible alma y seguiré escribiéndote cuando consiga limpiar mi alma del rencor que ahora la asola.

Agradece tu miserable vida, pues vives sólo porqué con tu muerte la mataría a ella.



No duermas tranquilo
Nunca romano
No se sabe cuando una tracia puede cambiar de opinión



4 comentarios:

  1. Woow, Amparo, estoy atrapada en esta historia, porque no sólo es tan tan pasional y dulce y terrible al tiempo, sino tan elegante... Maravillosa, espero impaciente la próxima carta de la espartana para conocer el destino que depara a estos personajes... Soberbio!!! Besos, linda

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    1. Gracias ángel:
      Te contaré que he dejado de lado otros proyectos no sólo por la inspiración de esta historia en sí, sino por los ánimos y el aliento que recibo de vosotros. TK

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  2. Genial Amparo. Mucho más narrativa que las anteriores. Como sospechaba, la narradora se ha ido "adueñando" de la historia, y del destino de prácticamente los tres personajes. Espero que esta tracia no se enfade tanto como para acabar con el romano, y que al menos reaparezca. Besitos.

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    1. Gracias profe:
      Eres gratamente responsable, y en mucho, del rumbo que va tomando la historia. Tus palabras me sirven de guía y van dirigiendo esta orquesta de sentimientos que ya sabes que en mi caso siempre andan desordenados. te adoro.

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